MUNDO MÚLTIPLE / VARIANTES POSIBLES: GIACONI O LA REINTERPRETACIÓN
Fernando Solana Olivares
Acaso ahora, cuando los tiempos se comprimen y las formas se entremezclan, cuando los sentidos habitualmente asignados a las cosas se desmoronan y las significaciones comúnmente atribuidas a los hechos se multiplican, el arte resulta ser el único discurso capaz de aludir y así condensar dicha condición proteica y polivalente, caleidoscópica y multifuncional, en una época que sólo puede llamarse como sin síntesis, a la manera de algo que a la vez que se contrae se está expandiendo y no se sabe con certeza qué anuncia o anticipa porque se ignora hasta dónde llegará
Y tal sitio, un espacio simbólico todavía impreciso por desconocido, se advierte, pues apenas está germinando, en el tiempo plástico de la elaboración. O más exactamente, de la reinterpretación, esa que caracteriza la obra visual de Mauro Giaconi: un horizonte creativo que ha superado el esteticismo mediante una voluntad formal abarcadora donde los temas y los tratamientos, los materiales y aun la intención misma del acto artístico realizado se vuelven autorreferenciales, doble o triplemente metafóricos, lo mismo que si mostrándose mostraran mucho más de lo que en una reflexión primaria e inmediata parecerían mostrar. Su obra, entonces, supera la función del signo, que sólo se refiere a sí mismo, para alcanzar la categoría del símbolo, el cual remite a algo que siempre está más allá de su misma manifestación.
Signos convertidos en símbolos, como si esta obra visual obedeciera sobre todo a la necesidad expresiva de una gramática compleja aunque engañosamente simple donde el enunciado queda disuelto para lograr coagularse de inmediato en su propia enunciación. Un término posible para tal empeño al fin logrado sería el de la multidimensionalidad: los muchos mundos que están en éste, entre los objetos comunes que lo ocupan, y que sólo la mirada creativamente atípica del artista consigue ver en potencia y mediante el empleo de su oficio logra convertir en acto incuestionable, en evidente tangibilidad.
En tal juego de contrarios y complementos, de medios y de fines, de formas y de fondos, de cristales y de flamas, Mauro Giaconi explora lo que él mismo ha definido con poliédrica precisión: “Yo no modifico los objetos: los reinterpreto ---señaló alguna vez---. El taladro, los tubos, las ventanas, están ahí, pero funcionan como tramas de otras realidades. Nada es de una manera única”. Y esa reinterpretación no se compone de accidentes, así su resultado termine siendo inesperado, sino de una sabia cercanía con aquello, casi trivial e inadvertido, que merecerá su atención creativa y su aplicación metamorfósica, su aplicación mutable que bastará con un gesto, una descolocación o un cambio sutil para transformarlo. Mirar es rodear un objeto y la función de toda metáfora, además de llevar algo más allá de sí mismo, es mostrar lo otro de lo mismo, a la manera en que Giaconi con inmensa fortuna estética lo suele hacer.
Obras como Caja de herramientas (2005), Estante (2005) o Dominó (2007) ofrecen esa transmutación de lo habitual monótono en lo cercano extraordinario: herramientas reemplazadas por sus copias en cerámica; vitrinas que exhiben libros antiguos y que hacen del soporte un elemento integral y definitorio, no utilitario sino esencial; instalaciones con ladrillos huecos que contienen y manifiestan el mismo vacío que los sostiene. Todas ellas artefactos que no ocultan su origen porque precisamente lo subvierten y de tal modo lo in-vocan, lo re-velan, pareciendo surgir de un sentido de imaginación más cercano a lo que los renacentistas consideraron como un desgarrón de la realidad obtenido mediante el desplazamiento de lo secular hacia lo sagrado: el objeto diario e inadvertido que se interviene de nuevo, en otro campo semántico parecido pero diferente, para lograr constituirlo en el vínculo operante con mucho más.
Mezclas, resonancias, analogías, intercambios. Así se entiende la operación de los magos (y todo artista verdadero lo es), quienes no cambian el mundo sino meramente la manera de percibirlo, y tal logro les basta para su modificación. Ese enfoque desenfocado posibilita la operación estética que Giaconi pone en curso una y otra vez. Puede entonces hablarse en su obra de una poética del desplazamiento, de los poderosos y hasta discretos artes visuales de esta hora última que representan sumariamente a los heraldos del porvenir: cambia la mirada, cambia el mundo, cambia su unidimensional materialización. “Nada ---dirá este artista--- es de una manera única”. Todo significa, todo simboliza, todo es múltiple en su mismidad.
Si todo origen es en cierto sentido un destino prefigurado, la formación arquitectónica de Giaconi, su paso por la restauración y su infancia al lado de una madre escultora pueden marcar ciertas tendencias activas en su obra plástica, desde la sinceridad y el reconocimiento hacia los materiales que emplea como partes básicas, nunca decoradas o escondidas, de la representación, hasta el sentido de los volúmenes y la resonancia sensible de la conservación de lo existente ---páginas e ilustraciones de libros antiguos, objetos provenientes de los gremios---. Pero la concentración reiterada de Giaconi en el proceso de la obra antes que en su resultado último ---sus últimos dibujos aún no exhibidos públicamente, en los cuales dibuja y borra al mismo tiempo--- reiteran que su obra es signo de los tiempos: un fluido ininterrumpido en constante movimiento.
Gente tan perspicaz como H. A. Murena diría que en su quehacer se plasma el Dios operante del arte cuya única función legítima es la conmoción no complaciente. Yo tengo para mí que su obra plástica es una variante intuitiva del conocimiento objetivo: veo sus productos y salgo de mí, me convierto en otro, me multiplico. Psicología perceptiva de la mutabilidad. El arte, cuando es, sólo sucede, y entonces rompe todo encierro en lo particular. Como un aleph, como una quintaesencia, como éste donde el mundo es un milagro múltiple de variantes posibles e imposibles, de soberana reinterpretación. De no contar con algo como ello, moriríamos de monótona literalidad.