En obra - Mauro Giaconi



Un juego de herramientas, un taladro y una caladora, hechos de cerámica; un pincel y un rodillo aplastados contra su tarea a medio hacer; cables cuyos movimiento y conductividad han quedado solidificados; un soberbio cielo estrellado desde la perspectiva de un techo de chapa; una vidriera y una persiana, atrapadas en un diálogo de sombras; una mochila de cincuenta kilos.

Algo les ha pasado a estos objetos, algo los oprime, algo les impide ser cómodamente lo que son. Quizá es que habitan en una zona incierta, de pasaje, entre el mundo de la construcción y lo doméstico, entre la síntesis y la contaminación. Quizá se hayan contagiado de la propia insatisfacción del artista, que, aunque rigurosamente formal, nunca se queda quieto en una técnica, un soporte o una serie de materiales, y echa mano de artes y oficios diversos para desplegar una obra despojada, paradójica, significativa. Llega a las pinturas “despintando”, es decir retirando pintura de la superficie del vidrio con el trazo del dibujante, a la manera en que se garabatea en las vidrieras blanqueadas de los locales vacíos y las obras en construcción. Llega artesanalmente al volumen, la escala y el diseño industrial de las herramientas partiendo del bloque de cerámica y con las técnicas e instrumentos del ceramista. Interviene una pared con el escalpelo de un maestro mayor de obra.

La sustracción y la intervención son las operaciones principales. El martillo del artista es un martillo; tiene el cuerpo, la rudeza y hasta el atractivo de un martillo cualquiera, pero ha perdido lo esencial: la funcionalidad. Cambiándolos de estado –en el sentido en que se pasa del líquido al sólido, del barro a la cerámica, de lo real a lo representado–, Mauro Giaconi incapacita a sus objetos en donde más duele, en su razón de ser, y a la vez los vuelve inofensivos neutralizando los riesgos con que acostumbran amenazarnos: el riesgo de la electricidad, el que portan las herramientas, el de las alturas, el del vidrio violentado.

Son objetos detenidos en el tiempo, convertidos en piedra, de resistencia delicada; disfuncionales, soportan una tensión interna que los obliga al reposo, a una inmovilidad muda pero crítica. El efecto en el espectador es de inquietud: un vértigo inmediato que nos hace conscientes de lo que no son, de lo que hubiesen podido ser, de lo que nunca serán.

Aunque se los haya privado de utilidad y peligrosidad, aunque estén tan quietos, el riesgo sigue ahí, porque los materiales de que están hechos –el vidrio y la cerámica– son, tanto en una construcción como en una casa o en una galería, los que requieren mayores cuidados. Si los enfrentáramos en un choque violento no sabemos, por ejemplo, qué resistiría más, si el martillo de cerámica o la persiana dibujada en el vidrio. Una vez que nos damos cuenta de eso, la caja o el marco que los contienen nos parecen un refugio.

Por supuesto, nunca podríamos confundir estos objetos con los que usamos todos los días. Los objetos de Mauro Giaconi tienen cuerpo, sombra, un hábitat, como las personas; como las personas, son, más que frágiles, vulnerables.


Maximiliano Papandrea