Mauro Giaconi y su poética de levedad
El Nuevo Herald
ADRIANA HERRERA T.
Unburden, la inquietante exposición de Mauro Giaconi en Dot Fiftyone Gallery, constituye --como su título indica-- una descarga del artista. Cada pieza proviene de un proceso de catarsis personal, pero al tiempo revela la invención de un universo estético casi abstracto, hecho con materiales de construcción.
Su arte es un modo de exorcismo ajeno a la improvisación: cada obra surge de un afinado proceso mental y es realizada con una mano no menos diestra. Sus exhibiciones --concebidas como zonas de intersección de esculturas de objetos, instalaciones y dibujos en grafito-- exploran las tensiones entre diversos tipos de oposiciones: blanco y negro, peso y liviandad, resistencia y fragilidad, estabilidad e inestabilidad, permanencia y fugacidad.
El día de la inauguración de Unburden los espectadores vieron una serie de ladrillos grises de hormigón colocados verticalmente sobre el suelo de manera que formaban una línea ondulante que se extendía como una suerte de espina dorsal de la galería. En un momento determinado, dos asistentes movieron el primero y el último de los ladrillos. Todos se desplomaron uno sobre otro bajo el efecto de dominó. Dos se quebraron, y una nueva figura surgió. En el interior de este Dominó se alzan dos bloques de hormigón coronados por dos objetos esculpidos a mano: un casco de obrero pintado de naranja y un taladro que de cerca se revela hueco y con un cable segmentado. En torno a la instalación se observan una serie de dibujos de elementos arquitectónicos trazados con tal perfección que de lejos podrían dar la impresión de fotos en blanco y negro. Más allá, el espectador adivina una rejilla sobre la pared, pero cuando se acerca descubre que el metal es sólo una sombra: es la proyección so!
bre la pared del dibujo hecho con látex sobre un vidrio. Luego encuentra, en el mismo material, un suelo que reconstruye de modo casi perfecto las vetas de madera, pero es intransitable. Si lo pisara, podría cortarse.
''Yo no modifico los objetos: los reinterpreto --dice Giaconi--. El taladro, los tubos, las ventanas, están ahí, pero funcionan como tramas de otras realidades. Nada es de una manera única''. En estos juegos que alternan la apariencia y la realidad de los materiales, que ofrecen un piso sobre el que es imposible pararse, o que crean la imagen de rejas metálicas solamente con luz y sombras, hay una propuesta estética que impugna la noción de que la realidad de las cosas es única y absoluta. Giaconi introduce la sorpresa o la incógnita para provocar una miríada de lecturas sobre lo que las cosas son y lo que significan. Lo que muestra funciona al modo de una cortina que exige al espectador descorrerla para ver otras posibilidades.
Una clave de la exposición es la obra Morral hecha con un saco de cemento y correas para cargarla sobre la espalda. Lo que representa es el peso que Giaconi sobrelleva desde un instante preciso en el cual su mundo se derrumbó. Antes de ese punto, su historia era la de un artista que trabajaba en restauración y hacía obras figurativas sobre el cuerpo humano.
Como hijo de una madre escultora dibujaba desde niño. Como estudiante de arquitectura aprendió a sintetizar las formas en un par de líneas, sin dejar de disfrutar la estética de la construcción, presente en todo el proceso de armazón de un hábitat. Supo que la arquitectura es la más social de las ciencias, pues construye sitio a sitio ''toda la escenografía del mundo cotidiano''. Eligió al fin las bellas artes, porque necesitaba una libertad de creación no atada a lo funcional. Pero hasta ese cierto momento crucial, no tenía un lenguaje poderoso.
Siendo artista restaurador de obras como La Casa Rosada había descubrierto ''el proceso de construcción como artesanía, como trabajo físico y el mundo de los obreros, capaces de estar de pie siete horas al día sobre un andamio que oscila en la altura, sin sentir miedo'', y le había fascinado ver que hay una lógica de los oficios que cambia la relación con los materiales. Restaurando se sentía como ''un obrero especializado'' y amaba serlo. Y entonces fue cuando ocurrió el punto sin retorno: un accidente de trabajo le dañó tres discos de la columna vertebral. No sólo tuvo que abandonar la restauración, sino aprender a hacer de otro modo incontables actos cotidianos. Su expresión de artista cambió para siempre: a partir de la lesión nunca más pintó una figura humana, pero curiosamente, comenzó a hablar del cuerpo y de sí mismo, recurriendo a las imágenes del mundo de la construcción al que ya no tenía acceso.
''Lo primero que creé, como un exorcismo, fueron una serie de dibujos con un barniz sintético de puertas. Lo aplicaba sobre el papel intentando formar líneas rectas y las líneas se iban deformando. No podía controlarlas: eran, como las hernias, una sustancia que pierde su forma y que se empieza a expandir''. Poco a poco empezó a aparecer una nueva imaginería inspirada en paralelos entre el cuerpo y los materiales. Exploraba su solidez y su fragilidad y el modo en que alterando ciertos elementos de las formas multiplican sus posibilidades. Un duro tubo de neón al que se le adhieren los precintos que sirven para atar objetos se sostiene sobre estos filamentos de plástico, en lugar de fijarlo un soporte. Al encenderlo se transforma en una escultura de luz y frágil estabilidad le añade belleza. Mauro Giaconi usa elementos sólidos para crear una poética visual que cumple con la exigencia de Italo Calvino para la creación de este milenio: la levedad.